Participación como forma innovadora de cambio social.

Si la innovación es equivalente a novedad, el ser humano ha estado innovando desde tiempos ancestrales. Parece obvio, pero no lo es tanto. En primer lugar porque podríamos preguntarnos ¿quién innova? ¿todos somos capaces de hacerlo?. Y, por otra parte, ¿qué es nuevo en la actualidad?. Comenzando por la segunda pregunta, la respuesta más directa es la tecnología. Cierto, pero no sólo. Todos los procesos sociales que se desarrollan ligados a la innovación tecnológica también son nuevos en gran medida. Los seres humanos desarrollamos nuevas formas de comunicación, nuevos principios éticos, nuevos valores, etc. a raíz de la incorporación de la tecnología en nuestras vidas.

Sobre la primera pregunta, y dado el peso que el individuo tiene en la sociedad actual, podríamos estar tentados de decir que todas las personas tienen, en principio, la capacidad de innovar en algún ámbito. Podríamos aceptar esta idea que equipara a todos los seres humanos como puramente teórica (un desiderátum de algunos), pero en la práctica, esto no es así. No todos somos igualmente innovadores, ni siquiera innovadores (y lo entiendo en un sentido muy amplio). Lo que sí somos es “copiadores”. Y eso no siempre está mal. La replicabilidad de una innovación es lo que ha hecho evolucionar a la raza humana. Nos copiamos unos de otros para aprender y hacer las cosas mejor.

En ese minuto que los científicos dicen que llevamos los humanos sobre la faz de la tierra, hemos cambiado nuestra forma de vida más que ninguna otra especie. Y hemos cambiado a mejor. Sigamos copiando (que no plagiando) los buenos ejemplos de personas que hacen las cosas bien. Innovemos reproduciendo las experiencias en otros países, en otras sociedades. Abramos la mente a nuevas formas de hacer las cosas y, sobre todo, a nuevas formas de relacionarnos con los demás. Siempre sin olvidar lo ya aprendido. Construyendo sobre la experiencia.

Me importan especialmente las innovaciones sociales, pues me temo que las tecnológicas será el mercado el que se encargue de difundirlas por el evidente beneficio económico. Sin embargo, recuperar o crear formas de participación de la población, relaciones humanas perdidas en el tiempo, compartir valores (como reglas que facilitan el entendimiento) y crear nuevos modelos de convivencia que nos faciliten una mejor relación con otras personas y con el entorno, ayudará a enfrentar los desafíos actuales, cuya solución no puede dejarse ciegamente en manos de los avances tecnológicos (innovación, de nuevo).

Además, dichos avances, no sólo no están disponibles para la mayoría de la población, pues su coste lo impide, sino que, aunque lo estuvieran, sólo unos pocos cuentan con la cualificación necesaria para poder realizar un uso eficiente de las mismas. La tecnología y el capital se encuentran hoy en las mismas manos, las de una minoría privilegiada históricamente, reacia a perder su hegemonía. La forma de superar esta situación, sigue siendo la misma que en siglos anteriores: la revolución o la educación. Esta última me parece que presenta un mayor potencial, pues puede contribuir, poco a poco, de manera silenciosa pero eficaz, a cambiar el contexto social, haciéndolo más integrador y equitativo. Decidir nuestro propio futuro, sin vernos abocados a seguir el camino marcado por la ideología dominante –si no nos conviene- es, en sí mismo, una innovación. En el contexto económico y social actual, esto sólo parece que pueda lograrse si se despierta la conciencia ciudadana, si se actúa desde la base, desde la sociedad civil, desde las personas. La vuelta a lo local, en un contexto de globalización extremo, es cada día más urgente.

Categories: Innovación social, Reflexiones, Tecnología y humanismo | Comentarios desactivados en Participación como forma innovadora de cambio social.

El difícil papel de intelectuales y académicos

Hay una sensación traducida en idea que continuamente está detrás de la producción científica en nuestro país: ¿vale realmente lo que cuesta al erario público? La investigación financiada por fondos privados no supone controversia, la que se paga con el dinero de todos, si, al menos a veces. Algunas de las investigaciones científicas de las que se consideran ciencias puras o naturales no admiten duda ninguna, al menos no sería algo socialmente aceptado: la investigación para encontrar una cura contra el cáncer, o contra cualquier otra enfermedad, la investigación para alargar la vida con buena calidad, para ayudar a la reproducción, para mejorar semillas o para diseñar nuevos medicamentos que ayuden contra cualquier dolencia o trastorno psicológico… Sin embargo, no es la misma percepción social la que existe respecto a la producción científica por parte de las humanidades, las ciencias sociales o el arte. Las cuestiones que tienen que ver con estas ciencias son discutidas por cualquier tertuliano porque muchos creen poseer la respuesta o poder opinar. La razón principal creo que es precisamente su propia naturaleza, la sociedad se siente con capacidad y derecho para opinar. No es mi objetivo aquí no defender la producción de las ciencias sociales por parte de académicos e intelectuales de diversa índole, sino avanzar una idea que podría tenerse en cuenta, o no. Se trata de la idea de transformación social. Las ciencias sociales y humanas pretenden, como objetivo común y continuo, mejorar la vida de las personas, de la sociedad en su conjunto. Ello resulta complejo si la transformación buscada afecta a la misma entidad que financia las nuevas ideas, la investigación. Y a pesar de ello, la ciencia social y las humanidades avanzan, son disruptivas, proponen mejoras, cambios, transformaciones, innovaciones y, en definitiva, nos ayudan a seguir, crecer y ser mejores como personas y como sociedad. Los cambios pequeños suman mucho más que las grandes utopías nunca realizadas ni realizables. Por todo ello, sólo se puede agradecer el trabajo que todas las personas buenas, honestas y responsables hacen cada día por dar pequeños pasos para ser más felices como individuos y como sociedad. Esa es la transferencia a la sociedad, la devolución de todo lo invertido en favor de un mundo mejor. Más nos valdría tomarlo en serio. Y no es poco.

Categories: Reflexiones | Comentarios desactivados en El difícil papel de intelectuales y académicos

Cuestión de Política

Desde el punto de vista de la gestión municipal, resulta evidente que ha de responderse a las necesidades de la población con los instrumentos políticos y financieros existentes, de la manera más realista y eficiente. Sin embargo, los territorios, a cualquier escala, también la local, no están aislados, sino que multitud de procesos que están teniendo lugar a nivel nacional o internacional acaban teniendo impacto a nivel local. ¿Tienen los ayuntamientos la capacidad de entender e incorporar en sus planes estratégicos esas tendencias generales (sociales, económicas, culturales y tecnológicas)? Experiencias supramunicipales de éxito, ¿hasta qué punto influyen los intereses electorales en su forma de funcionamiento?. Creo que tenemos la mente cuadriculada cuando miramos al territorio. Nos han enseñado cuáles son las escalas que existen y están establecidas. Esa es la forma en que acometemos tanto el análisis como la gestión del territorio, pero no es lo que determina la acción de las personas ni de las iniciativas económicas (empresas), cuyas decisiones definen y delimitan “nuevas regiones” que no responden a los límites administrativos. Esta disfunción sólo genera problemas. Por un lado, es un reto para la política pública que implica apertura de miras y lucha por el cambio continuo, por otro lado, es un peligro, porque las dinámicas económicas generales son de tipo centrípeto y tienden a la consolidación de las economías de aglomeración, es decir, a la concentración. La cuestión es política, ¿la población quiere detener ese proceso de concentración? Si en determinados espacios esto supone despoblación, sólo se puede gestionar, si así se decide, con estrategias públicas. Otra cuestión, muy vinculada a la anterior es ¿queremos?. Sinceramente, creo que no. La despoblación y el abandono de las zonas rurales no es un problema para la mayor parte de las sociedades actuales. Es parte del proceso histórico y ello refuerza más aún la necesidad de políticas de gestión de esos espacios, que no siempre deben pasar por promover o forzar los procesos contrarios, sino por abrir la mente y pensar de manera diferente. Difícil tarea.

Categories: PROYECTO SAYS-AMV | Comentarios desactivados en Cuestión de Política

Deconstrucción

Algunas palabras usadas en las ciencias sociales, sobre todo en las humanidades, son mágicas. Con eso quiero decir que, por alguna razón que desconozco, se convierten en referencias continuas, utilizadas una y otra vez con el sospechoso convencimiento del autor –estoy segura- de que no son entendidas por el lector y eso hace el discurso aún más “científico” y erudito. Una de esas palabras es deconstrucción. Últimamente la he reencontrado en inglés y en otros idiomas, para referirse al medio ambiente y a las relaciones sociales de producción. Además, para más abundamiento, con este término hacía referencia a un escrito de un político británico de principios del siglo XX. Seguro que tal político nunca pensó en deconstruir nada. El término se refiere a separar las partes que forman el todo. Lo mismo se deconstruye un discurso que una tortilla de patatas. En el campo de las explicaciones es lo que hemos hecho, y hacemos, todos los que tenemos hijos/as y alumnos/as: explicar las cosas por partes para llegar a la comprensión del conjunto como un sistema en el que todo está relacionado y en el que nada funciona sin entender el contexto y las partes al mismo tiempo. Aún a riesgo de que nuestros hijos y alumnos nos pidan que para explicar algo no nos remontemos a épocas demasiado pasadas, la verdad es que el proceso histórico de todo fenómeno humano, social y natural es imprescindible para entenderlo en el momento actual y para proyectarlo hacia el futuro. Las partes que conforman el todo no son estáticas, sino producto de una evolución, entendida como cambio –y no siempre en positivo-, que empuja hacia terrenos desconocidos e imprevisibles. Olvidar la explicación de la historia, de la evolución de las relaciones entre los grupos e intereses sociales y de las conexiones tácitas entre los fenómenos es simplista y, cuanto menos, parcial. Dar una explicación de las partes de manera incorrecta por incompetencia o interés es igual de perverso o peor. En absoluto es neutral. El olvido de la historia no supone sólo estar condenado a repetirla, sino avanzar por la senda del retroceso, y el deconstruirla para entresacar sólo las partes más convenientes, refuerza esta idea. El riesgo de la deconstrucción es la parcialidad. El presente, y el futuro, de las sociedades depende de acciones humanas, no es serendipia ni efecto mariposa. Tampoco es fruto de una conspiración. Es simplemente desidia y maldad.

Categories: PROYECTO SAYS-AMV | Comentarios desactivados en Deconstrucción

INNOVACIÓN SOCIAL, ¿UN CONCEPTO MÁS EN LA SOPA DE LETRAS DE LA NUEVA ECONOMÍA?

Desde diversos organismos internacionales, como la UE y el Banco Mundial, se he prestado atención a un concepto nuevo utilizado para explicar determinados fenómenos sociales no controlados por la Administración: la innovación social. Las diferentes definiciones de este término tienen en común el hecho de que las iniciativas a las que se refiere responden –y solventan- a un problema social al que ni el Estado ni el mercado dan una solución, y lo hacen de manera novedosa al tiempo que dicha solución empodera a los grupos sociales o las personas más desfavorecidos. Bien, parece algo interesante: la sociedad civil organizada (o particulares, que también podría ser) llega donde ni la administración ni el mercado lo han hecho… Sin embargo, cuando nos enfrentamos a la tarea de seleccionar qué iniciativas son innovación social y cuáles no, los expertos no siempre se ponen de acuerdo. Y en ese momento surgen las alternativas posibles. Si una iniciativa no es innovadora, pero es, digamos “social”, ¿es innovación social?, quizá no, pero entonces, si cumple que ni es promovida por la administración ni es una empresa capitalista tradicional… ¿qué es? Podría ser economía social, economía alternativa, economía sostenible, economía azul, economía circular, y así hasta más de veinte conceptos nuevos (entre los que está la innovación social) que han aparecido en los últimos años para tratar de aprehender una nueva realidad (o quizá no tan nueva) que es especialmente destacable –por su cantidad y variedad- en las ciudades.

Pongamos un ejemplo, los grupos de consumo de productos ecológicos. Se trata de grupos autogestionados, surgidos de la sociedad civil, muchas veces de asociaciones vecinales o similares, de personas que están preocupadas por su alimentación y se organizan para acceder directamente a los productores agroganaderos y obtener esos productos para su consumo. No son mercado, no están apoyados por la administración, pero generan flujo económico, a veces incluso en mercados organizados por ellos mismos. ¿Se trata de una iniciativa social o de economía alternativa?. Otro ejemplo sería los bancos de tiempo, ¿es innovación social o economía colaborativa?. ¿Y una ONG que pone en marcha una idea para evitar la soledad en los ancianos generando una red de pisos de alquiler baratos y compartidos, a la vez que tutelados? ¿Innovación social o economía social?.  La línea que los separa es débil y muy difusa. Sin embargo, podríamos pensar que no importa su clasificación, lo verdaderamente interesante, y loable, es que los ciudadanos tengan iniciativas para hacer la vida más agradable, la economía más sostenible y las relaciones sociales más fáciles. Lo importante es la acción, llámese como se llame.

Desde un punto de vista político, no es así. La definición de lo que es y no es, resulta de gran relevancia cuando vamos a elaborar políticas públicas. Quizá el grupo autogestionado necesite un local, y el Ayuntamiento tenga varios sin uso. Quizá, el banco de tiempo necesite un software que el Ayuntamiento puede facilitar, o quizá la ONG necesite subvenciones para pagar una parte del alquiler de los pisos habitados por personas sin recursos. En ese momento, el tema de la definición no es baladí, pues la política debe decidir a quién apoya y a quién no desde el momento en que los recursos públicos son escasos y no hay para cubrir todas las necesidades. Si el Ayuntamiento decide desarrollar una línea de actuación de apoyo a la innovación social, debe definir claramente a qué se refiere, qué tipo de iniciativas se incluyen y con qué criterios.

No cualquier cosa es innovación social, por muy novedosa que parezca, al tiempo que no cualquier cosa no nueva deja de ser innovación social en determinados espacios o condiciones. Hay que ser rigurosos y, desde la política, no dejarse deslumbrar por iniciativas sociales que en realidad son un paso hacia la mercantilización de un producto o servicio.

Categories: PROYECTO SAYS-AMV | Comentarios desactivados en INNOVACIÓN SOCIAL, ¿UN CONCEPTO MÁS EN LA SOPA DE LETRAS DE LA NUEVA ECONOMÍA?

DESARROLLO SOSTENIBLE, CIUDAD Y GEOGRAFIA

Tras más de 20 años de la generalización del concepto de desarrollo sostenible, a partir de la Cumbre de la Tierra de 1992, el ámbito social sigue siendo el menos definido y el que toca aspectos más transversales, y, por ello, menos evidentes. La dificultad para su definición oculta problemas de plasmación en hechos o acciones concretas me mejoren directamente la calidad de vida de las personas. Según resolución aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 27 de julio de 2012, “es necesario lograr el desarrollo sostenible promoviendo un crecimiento sostenido, inclusivo y equitativo, creando mayores oportunidades para todos, reduciendo las desigualdades, mejorando los niveles de vida básicos, fomentando el desarrollo social equitativo y la inclusión, y promoviendo la ordenación integrada y sostenible de los recursos naturales y los ecosistemas, que contribuye, entre otras cosas, al desarrollo económico, social y humano (…)” (p.2). El campo de acción es tan amplio y, a la vez, tan complejo, que ha dado lugar a escasos análisis comprehensivos.

Desde la Geografía, la perspectiva de la sostenibilidad social ha sido abordada, de manera no siempre consciente, como la búsqueda de la equidad espacial. Las consecuencias sociales de la misma siempre han estado presentes entre los investigadores. La equidad espacial es tan sólo una parte, probablemente pequeña, de la sostenibilidad social, pero una parte sólida, con propuestas de acción concretas y que a escala local y regional ha tenido, y seguirá teniendo, impactos concretos.

Harvey (1973) fue uno de los primeros geógrafos en definir el término equidad espacial o también llamado justicia espacial. Ésta, la justicia espacial, debe perseguir los siguientes objetivos: responder a las necesidades de las personas de cada territorio, asignar los recursos de forma que se maximicen los efectos multiplicadores espaciales y asignar los recursos extra para ayudar a superar los problemas originados por el entorno físico y social. La justicia espacial se encuentra ligada a la accesibilidad y también de otros factores como el tamaño de la oferta, el grado de disponibilidad de los servicios, etc. Tanto la eficiencia como la equidad espacial son  de especial relevancia para los servicios públicos, como se viene señalando.

Los servicios públicos no son en todas partes igualmente accesibles, es decir, el espacio introduce algunas formas de exclusión. Las áreas metropolitanas, en su complejidad, presentan unas situaciones de desequilibrio, en ocasiones, especialmente notables. Para intentar que estas exclusiones fueran las menos posibles y conseguir una más justa distribución sobre el espacio se elaboraron algunos modelos de localización que incorporan criterios como la utilidad pública (número de personas que utilizan el servicio) o los costes de desplazamiento.

Por otra parte, el espacio no es homogéneo, en el sentido de su estructura humana. La mayor parte de la población se concentra en zonas urbanas. Son las ciudades las principales proveedoras de trabajo, creatividad, innovación y calidad de vida en un mundo globalizado. Aunque la revolución urbana que se está dando coincide con un momento de revalorización de la ciudad compacta y de gran capacidad tecnológica y cultural para la participación y el desarrollo de la democracia real, especialmente en los entornos urbanos y metropolitanos,  la realidad es que no se está respondiendo a las consecuencias de procesos que están provocando fuertes desigualdades, como la generación de espacios fragmentados y socialmente segregados. El llamado crecimiento urbano inteligente considera la sostenibilidad como la base para la planificación urbana, sin embargo, su orientación hacia la gestión del crecimiento y los aspectos medioambientales parece dejar un poco de lado los problemas de equidad social. Las aglomeraciones urbanas son el escenario idóneo para el desarrollo de políticas de sostenibilidad por cuanto éstas deben orientarse indudablemente hacia la búsqueda de una mejor calidad de vida en equilibrio con un dinamismo económico en un contexto de gran diversidad de formas de vida y trabajo, usos del suelo, variedad productiva, competencia exterior, complementariedad con el mundo rural, etc.

La estructura funcional y social de los espacios urbanos más complejos, las áreas metropolitanas, explica, en gran medida, la organización del espacio vital de las personas, y, por tanto, su calidad de vida. Un fenómeno bastante generalizado en las áreas metropolitanas es el de descentralización, sin embargo, en muchos casos se da  con la paradoja de que la ciudad central no pierde peso económico ni especialidad funcional. En el último cuarto de siglo,  la población se ha desplazado desde núcleos densamente poblados hacia ciudades medianas y pequeñas cercanas, que cuentan, generalmente, con bajas densidades y precios del suelo más asequibles. Ello ha supuesto un desplazamiento desde las áreas centrales hacia las coronas metropolitanas, movimiento muy vinculado a la existencia y mejora de infraestructuras de transporte que han contribuido claramente a agudizar el proceso de suburbanización y a la consolidación de una estructura policéntrica. Ello ha supuesto, además, el aumento de la intensidad de la demanda de movilidad diaria por motivos de trabajo, estudio y ocio.

La equidad espacial ha sufrido variaciones a lo largo de todo el proceso de crecimiento económico y urbano. Sin embargo, no todas las áreas son iguales. Los diversos procesos actuales relacionados con el incremento de la movilidad de las personas, la suburbanización de los empleos y el rápido crecimiento inmobiliario –actualmente estancado por la crisis económica- han dado lugar a un cambio en la delimitación de las áreas urbanas. Los límites administrativos de los municipios no son límites vitales. La ciudad vivida supera ampliamente estas fronteras y obliga a una delimitación de estos ámbitos que impone (o lo hará en un futuro no lejano) nuevas formas de cooperación territorial para dar respuesta a las demandas de la población. La gobernabilidad de dicho territorio debería adaptarse a su complejidad para ser más eficaz y responder de manera más adecuada a los nuevos problemas y realidades que emanan de la misma.

En las áreas metropolitanas confluyen el desarrollo económico, la creatividad, la innovación, las nuevas tecnologías y el desarrollo sostenible, aunque no son las únicas que se benefician de estas ventajas comparativas, también las ciudades medias, a otra escala, están experimentando procesos similares. Las ciudades y las áreas metropolitanas se enfrentan a importantes retos como son los al cambio demográfico, los impactos medioambientales, el cambio climático, la participación social desigual y la creciente movilidad individual. Acometer y conseguir adecuados parámetros de sostenibilidad en estos territorios es realmente complejo y una preocupación para analistas y políticos que desean conocer cuál es el límite por debajo del cual no se alcanzan unos niveles mínimos de sostenibilidad, al mismo tiempo que contribuyen a dibujar el camino para un crecimiento adecuado y sostenible, con una especial mención a los aspectos sociales .

Los indicadores que miden la sostenibilidad urbana no son piezas aisladas de información, sino que forman parte del proceso de desarrollo y la evolución propia de las áreas urbanas. Ello les concede un enorme potencial para entender los procesos a nivel local (Seghezzo, 2009) y tratar de superar, como indica Turcu (2013) la ampliación de la brecha existente entre lo que entienden los técnicos por desarrollo sostenible y lo que viven los ciudadanos, quedándose las posibles propuestas en el ámbito meramente científico sin traspasar a la arena de la acción pública y el cambio social. Entre esos indicadores, de han desarrollado indicadores de crecimiento económico y de equidad social . Algunos de ellos están relacionados con la mejora de los transportes y las telecomunicaciones que permiten realizar de manera cotidiana actividades en puntos alejados entre sí (Garrido Palacios, 1998). Las pautas de localización de las actividades económicas (incluidas las terciarias) determinan la movilidad y genera grandes posibilidades de planificación para el transporte público y privado. La suburbanización estimula el uso del automóvil para la movilidad, fenómeno claramente dominante en la evolución de todas las ciudades, pero gran consumidor de territorio, energía y tiempo. Por tanto, a nivel local, la localización de servicios y equipamientos vinculada al desarrollo de redes físicas (de carreteras, ferrocarril, metro…) y a la oferta de un adecuado servicio de transporte público supone una clara posibilidad para la acción pública. A ello se une el hecho que uno de los impactos más importantes y menos deseados ha sido la inflación del valor del suelo y de la propiedad cuya consecuencia más relevante, por lo irreversible, es la segregación social. Cuando las personas ven mermadas sus posibilidades de acceder a un nivel de calidad de vida determinado, los procesos de planificación son, no sólo fuertemente criticados sino también ineficientes. Las periferias urbanas y, particularmente, las metropolitanas adquieren especial relevancia, pues allí se dan pautas de movilidad dispares que generan estructuras urbanas muy diversas –y también son causadas por las mismas- con consecuencias en la calidad de vida de la población y en el grado de sostenibilidad del área.

El área metropolitana es, pues, un interesante laboratorio para la generación de dinámicas provocadas por la actuación pública a partir de decisiones relativamente sencillas como son la localización de un nuevo centro de servicios o la ampliación del transporte público. Resulta incuestionable la necesidad de una planificación conjunta, en áreas en las que la población no entiende de límites internos y en las que la calidad de vida se percibe de manera conjunta. Elementos como la contención del crecimiento, con las llamadas “smart cities”, las eco-ciudades y el transporte sostenible (promoción del uso de vehículos no motorizados y peatonalización) han sido las respuestas con mayor impacto en las políticas urbanas actuales, sin embargo, las aplicaciones prácticas han tenido un éxito muy desigual. Por todo ello, todavía parece quedar mucho camino por recorrer en la búsqueda de la equidad territorial y social en las áreas urbanas, en definitiva en la mejora de la calidad de vida de todos los ciudadanos sin discriminación.

Categories: PROYECTO SAYS-AMV | Comentarios desactivados en DESARROLLO SOSTENIBLE, CIUDAD Y GEOGRAFIA

EL LUGAR DEL TURISMO. EL TURISMO EN SU LUGAR

 

 

El pasado mes de marzo, en plenas vacaciones de Semana Santa, una turista que visitaba la playa de As Catedrais en la Mariña Lucense, murió por el impacto de una roca que se desprendió de una de las formaciones que caracterizan este monumento natural. Tras el suceso, han llovido las críticas sobre la presión turística en este espacio, no sólo porque la masificación conlleva más probabilidades de descontrol y accidentes, sino porque dicha presión parece estar afectando a la estabilidad natural de la zona, que cuenta con figuras de protección como Zona de Especial Conservación de la Red Natura 2000, Zona de Especial Protección de los Valores Naturales y Reserva de la Biosfera, además de Monumento Natural desde 2005.

Lo sucedido ha despertado la reflexión –de nuevo- sobre el modelo turístico que tenemos, y que queremos, en España. Cada año, los medios de comunicación se hacen eco de los nuevos records que se superan en materia de turismo. La Organización Mundial del Turismo prevé un crecimiento del turismo en Europa de alrededor del 4% para este año, pero en el Mediterráneo la cifra se dispara hasta el 8% debido al aumento del turismo internacional en España (se prevé más de un 13% este año respecto a 2017) que el último año alcanzó la cifra record de 82 millones de turistas extranjeros, a los que habría que sumar los nacionales, y un gasto de 87.000 millones de euros, un 12% más que en 2016.

La Semana Santa, a pesar de los días de lluvia, ha cerrado con más de un 80% de ocupación y una generación de más de 180.000 contratos vinculados al crecimiento de la actividad turística y derivados (transporte, comercio y entretenimiento). Aunque las cifras de turistas todavía no se han publicado, se prevé que supondrán un nuevo record: casi un 10% más que en las mismas vacaciones del año anterior. Y seguiremos creciendo en número de turistas, así lo prevé el Consejo Mundial de Viaje y Turismo (WTTC), que vaticina que en 2028 se alcanzarán los 121 millones de turistas extranjeros y se generarán más de 500.000 nuevos empleos. Las cifras son impactantes, y eso es lo que los políticos parecen querer transmitir a los ciudadanos. Olvidan que más del 80% de esos empleos serán precarios, temporales, con salarios mínimos y en condiciones cercanas a la explotación. Así lo han denunciado precisamente hace unas pocas semanas, en vísperas del día mundial del Turismo, las Kellys (acrónimo de las que limpian), las camareras de piso que han protagonizado una protesta para llamar la atención sobre sus condiciones laborales: externalización del servicio, bajos salarios (hasta un 40% menos si el servicio se externaliza), problemas de salud vinculados a la tarea (hacen una media de 25 habitaciones al día por poco más de 600 euros al mes), falta de vacaciones en temporada alta, etc.

También la llegada de las primeras vacaciones del año ha reavivado el sentimiento de rechazo al turista que este pasado verano tantas portadas de periódico ayudó a completar: la turismofobia no ha desaparecido. La población residente se revela rechazando a los turistas como una manera de gritar su oposición a la política turística, muchas veces inexistente, y reclamar de ésta que gestione adecuadamente los flujos de personas evitando la “invasión” de determinados espacios, sobre todo en las ciudades, pero no sólo, donde la masificación ocasiona conflictos de convivencia con los vecinos y, sobre todo, de gentrificación y expulsión de la población local. Barcelona ha sido ejemplo de esta situación, y le han seguido otras ciudades como Madrid o Valencia.

A lo largo de los años, el desarrollo del turismo en España ha venido acompañado y se ha visto confundido con acciones relacionadas con la especulación urbanística, la pérdida de espacios naturales, la precarización del empleo y el crecimiento cuantitativo más que cualitativo. La principal preocupación de las autoridades públicas, y de la política que llevaban a cabo, era aumentar el número de turistas. Una política que fomentaba el turismo barato, permisivo, que hacía la vista gorda con los impactos ambientales (sobre todo en la costa) y sociales ha sido predominante hasta los años 80 del pasado siglo. A esa política de crecimiento de las cifras de turistas le siguió otra de crecimiento de la especulación del suelo: la construcción encontró en el turismo, en el litoral español, el espacio adecuado físico y político para generar enormes beneficios. La planificación turística se confundió con la planificación urbana y los municipios apostaron por el desarrollo inmobiliario sin plantearse otro tipo de modelo turístico más en consonancia con los recursos territoriales locales, aquellos en los que se basa el turismo, es decir, la razón por la que se desplazan los turistas hasta los lugares que visitan. El siglo XXI se estrenó con la generalización del concepto de turismo sostenible, pero en algunos lugares ya era tarde. Además, aparecieron problemas nuevos, como la mal entendida economía colaborativa que se tradujo en el sector en el crecimiento descontrolado de viviendas turísticas ilegales. Los gobiernos liberales tanto en las regiones como en los ayuntamientos han permitido un crecimiento sin control, esperando que el mercado consiguiera realizar los ajustes necesarios. Lo que ha ocurrido es que la falta de planificación estratégica previa, es decir, de previsión, ha generado importantes problemas que recaen sobre las entidades locales. El turismo se basa en personas (las que llegan y las que acogen) y para los ciudadanos la Administración más cercana es el Ayuntamiento. En este contexto las entidades locales (Ayuntamientos y Mancomunidades) han recibido los problemas generados por las actividades turísticas en el peor de los momentos: en plena recesión económico-financiera desde 2008. Las últimas elecciones municipales han facilitado la llegada a algunos consistorios de partidos políticos y coaliciones surgidos de las movilizaciones sociales como respuesta a la crisis, a la corrupción y a las políticas de recortes de derechos sociales y económicos. Los llamados “gobiernos del cambio”, en ciudades tan turísticas como Madrid, Barcelona y Valencia, entre otras, se han visto obligados a realizar algún tipo de planificación incluyendo conceptos relativamente nuevos como decrecimiento, desarrollo sostenible y participación ciudadana. La cuestión es: ¿hasta qué punto puede un Ayuntamiento gestionar el turismo en su ciudad? ¿Qué competencias reales tiene? ¿Puede la complejidad del fenómeno desbordar la capacidad de control de la Administración local? Las respuestas son complejas, tanto como la propia actividad turística. La prueba está en que las tres grandes ciudades mencionadas han realizado planes estratégicos turísticos pero su incidencia real ha sido muy escasa. Sin embargo, las grandes ciudades están comprendiendo que tienen instrumentos de gran eficacia para controlar los flujos de turistas. La gestión de los usos del suelo, a partir del Plan General de Ordenación Urbana, es uno de los más potentes. La participación de los agentes sociales en el diseño de las acciones en materia de turismo es otra. Las cosas están cambiando poco a poco. Parece que, a pesar de la saturación, hay espacio para la esperanza y está en lo local, en lo más cercano, en los ciudadanos mismos y en sus instituciones.

Categories: Turismo | Comentarios desactivados en EL LUGAR DEL TURISMO. EL TURISMO EN SU LUGAR

Sosteniblidad y política en áreas urbanas

El mundo está experimentando desde hace varias décadas una revolución urbana. Son las ciudades las principales proveedoras de trabajo, creatividad, innovación y calidad de vida en un mundo globalizado. Aunque la revolución urbana que se está dando coincide con un momento de revalorización de la ciudad compacta y de gran capacidad tecnológica y cultural para la participación y el desarrollo de la democracia real, especialmente en los entornos urbanos y metropolitanos,  la realidad es que no se está respondiendo a las consecuencias de procesos que están provocando fuertes desigualdades, como la generación de espacios fragmentados y socialmente segregados. Por ello, resulta necesario que científicos y tomadores de decisiones, en particular los políticos, trabajen juntos en la comprensión de una estructura de vida, la urbana, que se configura cada vez con más solidez como clave para el desarrollo humano actual y futuro. Los retos que enfrentan las áreas urbanas necesitan, inevitablemente, de decisiones públicas y políticas de ordenación que es preciso acometer.

En este contexto, el concepto de sostenibilidad, generalizado en la literatura científica y en la agenda política desde 1992, ha contribuido a recoger la mayor parte de las inquietudes teóricas y prácticas de los analistas e investigadores sociales. Este concepto, relativamente nuevo, resulta de particular interés por su carácter multidisciplinar, comprehensivo y, sobre todo, como un referente clave para la toma de decisiones. Las aglomeraciones urbanas son el escenario idóneo para el desarrollo de políticas de sostenibilidad por cuanto éstas deben orientarse indudablemente hacia la búsqueda de una mejor calidad de vida en equilibrio con un dinamismo económico en un contexto de gran diversidad de formas de vida y trabajo, usos del suelo, variedad productiva, competencia exterior, complementariedad con el mundo rural, etc.

Por otra parte, no todas las áreas urbanas son iguales. El modelo territorial de una región es consecuencia directa de la relación entre la forma urbana, la movilidad y el crecimiento económico. El proceso actual de incremento de la movilidad de las personas, suburbanización de los empleos y rápido crecimiento inmobiliario  está dando lugar a un salto de escala en la delimitación de las áreas urbanas.  Existe un nuevo, o diferente, ámbito de relaciones económicas y sociales que supera, en algunos casos, muy ampliamente, los límites administrativos de los municipios. La delimitación de estos ámbitos varía según el criterio adoptado, pero, en todo caso, queda patente la existencia de una nueva realidad territorial que es necesario conocer para organizar de manera más eficaz la actuación pública y la planificación territorial.  

Ante esta situación, es necesaria una nueva forma de explicar los procesos urbanos. Los conceptos de contraurbanización y suburbanización hace tiempo que ya no exponen adecuadamente la realidad, sino que se dan de manera combinada originando procesos más complejos cuyas consecuencias territoriales inmediatas son la potenciación de ciertas centralidades a la vez que crecen centros nuevos o tradicionales en su área de influencia, que, además, potencian su propio hinterland. El modelo de crecimiento urbano resulta complejo y, sobre todo, muy dinámico. Se consolidan y crecen las áreas metropolitanas, espacios urbanos muy dinámicos que participan de manera creciente en una carrera global, potenciando sus ventajas competitivas para atraer, retener y nutrir empresas y talento. La gobernabilidad de dicho territorio debería adaptarse a su complejidad para ser más eficaz y responder de manera más adecuada a los nuevos problemas y realidades que emanan de la misma.

La sostenibilidad en las áreas metropolitanas se ha convertido en objeto de análisis prioritario para los científicos sociales de distintas disciplinas como la geografía, la economía, la ciencia política o la sociología, entre otras. Los retos urbanos, y en particular los metropolitanos, pueden transformarse en los factores más complejos y críticos del desarrollo sostenible en el futuro. Las aportaciones de estas ciencias desde la perspectiva de la sostenibilidad arrojan luz sobre las realidades metropolitanas. De manera única o en combinación con otros conceptos, el enfoque del desarrollo sostenible se ha convertido en la herramienta teórica necesaria para analizar y comprender la naturaleza de los cambios que están experimentando estas áreas.

El concepto de sostenibilidad en áreas metropolitanas sigue vivo, a pesar de su amplísima difusión y popularización. La clave del mismo es su simplicidad y clara evidencia. A pesar de que algunos nuevos conceptos tratan de superarlo, no pueden sino incorporarlo en su propia definición, pero no obviarlo completamente. Su más sencilla definición es satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades (Brundtland, 1987), y esta es su fortaleza, que es incontestable. Las formas en que esta sostenibilidad en áreas metropolitanas es medida o los caminos diferentes que se desarrollan hasta conseguirla, es otro tema.

Categories: Sostenibilidad Ambiental, Sostenibilidad Social | Comentarios desactivados en Sosteniblidad y política en áreas urbanas

El «no-lugar» como refugio

 

El concepto inventado y generalizado de no-lugar vinculado al viaje turístico fue, y es, objeto de crítica negativa por parte de los especialistas que defienden la autenticidad de los espacios visitados, de las formas de vida y cultura local. Por tanto, para ellos el no-lugar, entendido como espacios construidos sin identidad, es decir, sin vinculación al territorio que los acoge, es ajeno a la autenticidad que busca y demanda el nuevo turista, más formado, que valora la diversidad cultural y los recursos propios, únicos, del destino turístico. Ejemplos de no-lugar para el turismo son los centros comerciales contemporáneos, los aeropuertos y las estaciones de tren recientemente construidas. Todos estos espacios tienen una estructura similar y son producto del capitalismo global occidental dominantes. En definitiva, son iguales en todas partes del mundo, si no iguales, tan similares que cualquier persona acostumbrada a espacios similares en su lugar de origen, se orienta fácilmente en ellos en cualquier otro país del mundo. Lo entiende, se identifica. Esto es, precisamente lo que destaca como elemento de gran atracción para el turismo. 

La afirmación anterior sobre el nuevo turista, ese viajero que comprende y aprecia el destino en su conjunto, que busca y valora la alteridad, lo real, lo propio y auténtico del lugar que visita, no es del todo cierta. Al menos no lo es tal y como los académicos nos insisten en señalar para justificar la afirmación de que algo está cambiando en el turismo mundial. Prueba de ello es la proliferación y éxito de los llamados no-lugares.

Hay dos elementos relacionados de los que sólo me centraré en el segundo: por un lado, la generalización de la forma de vida occidental en todo el mundo , por otro lado, el turista postfordista, cualificado, etc. tiene un perfil muy claro: hombre, occidental, de edad joven o mediana y con elevada capacidad de gasto. En determinados destinos emergentes -y con elevadísimas oportunidades de desarrollo de la oferta turística- esto es más evidente en los países árabes, América Latina y Caribe, Sudeste asiático. Las mujeres solas siguen siendo aventureras y arriesgan su seguridad personal en estos países. Tienen miedo. Viajan, valoran, conocen, pero son más precavidas, temen, les es difícil insertarse en la cultura local. A algunos hombres también les ocurre, el choque cultural, la idea previa al viaje -occidentalizada, capitalizada- no se corresponde con lo que encuentran en destino. De nuevo, ello no significa una mala experiencia -aunque podría serlo-, sino un impacto inesperado. En ese contexto, el no-lugar es un salvavidas. Se trata de espacios seguros por conocidos, porque sus códigos son familiares, fáciles de interpretar. Ese es su éxito. Nos guste o no, eso es importante para el turista, para la mayoría inmensa todavía… Eso es lo que hay que facilitar: espacios de seguridad, de descanso mental frente al choque cultural. un centro comercial, un hotel estandarizado, un aeropuerto… lo consiguen.

La experiencia turística, pues, no es lineal, no es tan evidente ni tan maniquea como algunos eruditos la retratan. Los seres humanos somos eclécticos, heterogéneos en nuestras sensaciones y en nuestros pensamientos. Mucho más los turistas que se arriesgan al proceso del viaje con la esperanza del regreso pero sin la seguridad del mismo. Asideros, espacios familiares, seguros, que, además sean originales y auténticos, que generen desarrollo local y empleo. Esa parece ser la clave y algunos grandes destinos en expansión así lo han entendido.

La realidad, el éxito de estos espacios, a los que se suman otra modalidades como por ejemplo los parques temáticos, de nuevo superan, como en tantas ocasiones, la ficción científica.

Categories: Reflexiones, Turismo | Comentarios desactivados en El «no-lugar» como refugio

Turismo, ¿nos va bien?

Finalizada la Semana Santa de 2018, y ya con cifras record de visitantes -de nuevo-, el sector y la administración responsable del Turismo respiran tranquilos. Vamos bien, o seguimos bien. España ha crecido más de un 6% en número de visitantes y la Comunidad Valenciana no le va a la zaga. Son datos positivos, aunque simples. El turismo es mucho más que números crecientes. La calidad es fundamental y la sostenibilidad básica. Ambos términos incluyen múltiples caras de un mismo prisma. Todos estamos de acuerdo, las empresas, la administración pública, la academia, incluso los ciudadanos y los turistas. Sin embargo, el sector -término poco adecuado porque el turismo no es una actividad económica, sino mucho más- ha experimentado un cambio radical como efecto del desarrollo y democratización de las tecnologías (internet, redes sociales).

Un aspecto curioso del turismo es que todos creemos conocerlo porque casi todos somos turistas en algún momento de nuestra vida. Por ello es sencillo entender cómo ha cambiado, pues, de nuevo, casi todos hemos modificado nuestra forma de acercarnos a los viajes desde la generalización de internet. El mundo on-line lo ha cambiado todo. En turismo ha facilitado la relación directa entre el cliente y el destino, en el proceso de elección de compra y de promoción. Además, las compañías low-cost han facilitado que muchas familias hayan podido viajar más y más lejos. Los milenials han salido de su país antes de los 9 años y a los 18 ya han visitado una media de 6 países además del suyo. El turismo está consolidado, y no va a desaparecer ni a disminuir en importancia. Al contrario, seguirá creciendo y las familias dedicarán cada vez más dinero y tiempo a hacer turismo. La tecnología seguirá impulsando el turismo de formas cada vez más sutiles. Las jóvenes generaciones valoran más las experiencias que las propiedades, y ¿qué mejor experiencia que la de un viaje?.

Es necesario regular y planificar las actividades que responden a esta demanda creciente de experiencias. Es precisa la colaboración público-privada. Todos de acuerdo. La convivencia entre formas de gestión tradicionales (las agencias de viaje, los hoteles locales, las casas rurales, etc.) y nuevas con las herramientas tecnológicas en creciente desarrollo, abunda más en la idea de crecimiento cuantitativo que no en la mil veces repetida idea de la mejora de la calidad. El riesgo, o la sensación, de masificación, pérdida de identidad, y la consecuente generación de «turismofobia» (término excesivamente simplificador de un fenómeno complejo),  alienta a las voces opositoras: el turismo está bien, pero en otros lugares, no en mi ciudad. Sin abandonar el hilo argumental, entro en materia en relación directa con la idea anterior: la pérdida de identidad de los lugares, que se orientan tanto a responder a la demanda de los turistas (de manera cuantitativa y cualitativa) que se despreocupan de las necesidades de la población residente, intuyo que suponiendo que ésta se adaptará tarde o temprano a la nueva realidad turística. 

El deslumbramiento de la tecnología (que es el medio) que nos acerca a los destinos con extrema facilidad, también pone en peligro esos mismos destinos que, no olvidemos, son sus recursos turísticos, la razón de ser de los desplazamientos. Es el territorio que alberga a los turistas también el responsable de la experiencia turística y,en gran medida, el que la determina. Difícil equilibrio. Más aún cuando la estructura espacial que se ha desarrollado en muchos de los países receptores a lo largo de los años está basada en la construcción masiva, la segunda residencia y el llamado turismo vacacional (gasto bajo, escaso uso de la tecnología, cliente doméstico, estacionalidad, etc.). ¿Son estos los destinos inteligentes de los que hablan los expertos? ¿A qué inteligencia se refieren? ¿Debe ser local la respuesta a la creciente demanda turística? ¿Se anteponen los intereses empresariales y del turista a los sociales y de los residentes? ¿Dónde está el equilibrio? ¿Es un tema de gestión o de coordinación? ¿La tasa turística es una respuesta o un obstáculo? Muchas cuestiones aún por debatir y, sobre todo, solucionar.

Categories: Turismo | Comentarios desactivados en Turismo, ¿nos va bien?